sábado, 20 de noviembre de 2010
El club de los buenistas (capítulo 4)
miércoles, 6 de octubre de 2010
El club de los buenistas (capítulo 3)
Mónica, cuerpo apetitoso, anatomía ondulante. Tez tersa, dientes de felina mordedora. Mónica, bonito rostro, perfecto para anuncios de esos en que una chica muerde una manzana mientras te mira diréctamente a los ojos, más allá de la pantalla. Da igual si se anuncian manzanas o bonos de telefonía móbil. Mónica, piénsalo.
Mónica, pelito corto -media melena- flequillo a la moda, baño color caoba. Pendientes de aro, sombra de ojos a lo Avril Lavigne. Mónica, para comérsela y para que te coma.
Mónica vuelve de gira. Ella le llama gira, pero en realidad no han sido más que un concatenación de actuaciones por pueblos del Aragón profundo, Cuenca, Lérida. La dejan agotada, insatisfecha, frustrada y no-artista. Mónica es artista, pero trabaja de no-artista en una orquestucha de baile.
Mónica llega de su reciente gira con su voracidad erótica por las nubes. Mónica y yo pactamos en su día una serie de encuentros corporales, a ejecutar sin compromiso ni proyección ilusoria alguna, pero en relación a esto último hoy mónica ha faltado a su palabra: después de una saludable sesión doble, con penetraciones en tendido prono y tendido supino, se ha puesto en modo emotividad frágil y ha provocado un rifi-rafe entre nosotros. Me ha inquirido sobre mis relaciones pretéritas, y le ha cabreado sobremanera el saber que durante un tiempo una conocida suya, Meritxell, la que iba para controladora aérea fue medio pareja mía. Se ha ido de la cama rebotadísima, y no me ha dejado hecho el café postcoital al que me tiene acostumbrado. Nada, que he abierto mi Moleskine y he anotado una expresión de la que me enorgullezco: "celosa retroactiva".
Bueno, un poco así es Mónica. Persona de equilibrio baladí, pero al final se le pasa todo lo concerniente a sus complicaciones y rarezas. Por eso me he quedado tan pancho y hasta he conseguido conciliar una aceptable siestecilla, que he apurado hasta cinco minutos antes de la cita de hoy.
Porque hoy, quizás no lo sapan, he recibido a mi segundo aspirante a miembro del Club de los Buenistas.
(La espada, sobre todo, que no se me extravíe)
A las seis en punto aparece Alejandro T. Un tipo con labia, treintañero, fiestero. Me cuenta su historia, para mondarse, seguramente. La resumo:
Los padres de Alejandro T., cansados de aguantar a su hijo en casa, -música a tope a horas intempestivas, aún de subidón por los efectos de la coca, monopolio del mando a distancia, parasitismo doméstico, exigencias gastronómicas, exigencias de todo tipo... pues eso, que los padres, viendo que Alejandro T. no se emancipaba decidieron emanciparle. Adquirieron unos bajos en San Adrián, y los reformaron. Todo nuevecito, diseño Ikea, pero nuevecito. No, si se ve que entre una cosa y la otra le quedó un pisito monísimo, al que se trasladó el pimpollo.
Se ve que a Alejandro T. los trabajos le duraban poco -vago, mentiroso, escaqueado, carga-muertos- pero que a base de pico y lametón siempre conseguia otro curro sin demasiada dificultad. Pero un día se hartó, justo ese día, porque ese día vio la luz. Porque Alejandro T. es, qué duda cabe, un tipo listo.
Se ve que vendió todos los muebles, e instaló camas. Entró en el negocio de la cama caliente: inmigrante que se levanta, inmigrante que se acuesta. Para rellenar los espacios vacíos puso sillas, que en una silla también se puede echar un sueño, qué coño, tantas tonterías tienen esta gente, no se podían comer un tomate, y ahora con exigencias. Total, que a Alejandro al final le salieron los números, y bien bonitos que le iban saliendo. Tan solo había un problema: allí, entre tanta variopinticidad, entre tanta respiración durmiente, entre tanta policromía humana, él no podía vivir acorde con su condición de pijín de primera generación. Así que, naturalmente, decidió volver a vivir en casa de sus padres.
-Y qué, -me decía, todo orgulloso, al término de la historia- ¿no es eso ser buena persona? ¿solidario? ¿pro-tercer mundo?
-Estoy impresionado, Alejandro -le dije yo.
-Entonces qué, paso la prueba, ¿no?
-Lo más seguro que sí. De todas formas, dejemos pasar unos días, y ya te llameremos.
-¿Cómo que ya me llamareis? -pareció muy molesto al darse cuenta de que no obtendría un "sí" inmediato.
-Pues eso, que... ya te llamaremos.
Mónica se mondaba con la historia de Alejandro, el listillo de San Adrián, cuando se la conté luego. Ya se le habían pasado todos los cabreos, y fumaba en el balcón, alegre de la vida, mientras me imploraba que le dejase asistir a las próximas entrevistas. Le dije que sí, y aún se puso más contenta.
-¿Un café, Anakin? -me dijo. - ¿O mejor después?
domingo, 12 de septiembre de 2010
El club de los buenistas (Interludio: Ashoka)
Desperdicié mi tiempo con Padmé Amidala, y no me llevó a nada, cuando el tiempo en que ignoré a Ashoka hubiese sido el tiempo que me hubiese llevado a una cierta estabilidad emocional. Pero eran tiempos de Jedis -hoy ya no- y teníamos otros menesteres que juzgábamos más importantes: ser fieles a un mandato supremo, combatir y fortalecer nuestra idea de lo que tenía que ser el Universo y de lo que teníamos que ser nosotros mismos. No, no había tiempo ni para amores pequeños, aunque verdaderos.
Cuando pienso en ti, Ashoka, me atenaza el pellizco del vacio en mi estómago, un retorcimiento de arrepentida culpabilidad. Pero por puro egoismo, y me lamento por mi casi tan igual que por ti.
Desde donde estés, Ashoka, envíame un angelito que sea como tu. Envíamela al vestíbulo de Singerlín, aunque sea con bata y fregona, y pañuelo en la cabeza. Envíame lo pequeño, que de grandezas ya estoy harto, cansado y decepcionado.
miércoles, 25 de agosto de 2010
El club de los buenistas (capítulo 1)
-¿Empezamos? -dije.
-Ni hablar. Que se jodan, por avariciosos. La avaricia es un defecto horrible en las personas, y ellos lo son. Además, en Tarragona no tengo amigos. Y de los que tenía me harté. Impresentables, borrachos, puteros...
martes, 24 de agosto de 2010
El club de los buenistas (prefacio)
Yo solo sé que se me partió el alma al tener que echar a Padmé. Al principio sollozó, pero en seguida afloró su dignidad de orgullosa niña bien, y encendiendo su último Gold Coast se dio media vuelta y desapareció.
Ya me lo advertían: demasiada princesa para tan poco hijo de esclava, Anakin. En el fondo nunca te quiso. En cambio, la pobrecita Ashoka... esa chica sí era para ti. Con los ojitos con que te miraba... lo mal que la tratastes...
A todo esto, he dejado Tattoine. Nunca hay que cometer el error de permanecer en el lugar donde un día fuiste feliz. He dejado Tatooine y me he venido a la Tierra, y por suerte en seguida me ha salido curro: friego el vestíbulo de la estación de metro de Singerlin. No es un trabajo difícil: solo tengo que tener la precaución de no mezclar lejía con salfumán, pero no por ello me considero un científico. Solo tengo que distribuír las pasadas de mocho con criterio, sin repetir baldosa, pero no por ello me considero un geómetra.
Pero no se acaba aquí mi suerte: en Badalona capital he encontrado un pisito compartido con una cantante excéntrica que estos días está de bolos con la Orquesta Mixolidia. Se llama Mónica, y siempre se queja, porque cada verano tiene menos trabajo. "Operación Triunfo lo ha jodido todo", no para de repetir. Parece un disco rayado, pero a parte de eso se la ve enrollada. Me deja usar su ordenador, y es capaz de entender que mi tolerancia a la suciedad es de 9 en una escala 10, cosa que con Padmé nunca hubo manera.
El problema principal que tengo, ahora mismo, es el exceso de tiempo libre. Por ello le doy vueltas a la cabeza con poca interrupción, y estoy barajando posibilidades del todo disparatadas, como por ejemplo presentarme a las elecciones municipales por alguna lista potente, pero dudo que lo haga; el trato con la gente cada vez se me hace más insufrible, y para la política ya se sabe: lamer, lamer, y lamer.
Quizás, y esta posibilidad es mucho más plausible, intente que one of my dreams comes true. Mi sueño de hace años: montar un cásting. Ver pasar a gente, sondear sus cualidades y, al final, ante su mirada implorante, cargada de incertidumbre, de miedo y de verdad, decirles: gracias, ya te llamaremos.
Un cásting, sí.
Raudo y veloz, he corrido, esta misma mañana, al ordenador de Mónica. He inundado la red con un mensaje: "Se convoca cásting para ser famoso. Único requisito: ser una buena persona. Razón, aquí mismo".
Y para saciar mi terca sed de romanticismo, me he rascado el bolsillo y he publicado este mismo mensaje de convocatoria en un periódico de papel y tinta china. La Vanguardia, decano de los periódicos rotativos de mañana y tarde, de ayer, hoy, y siempre.
Un cásting. Alguien morderá el anzuelo, no lo dudo.
martes, 10 de agosto de 2010
Y no te pude salvar
Ante la espantosa miseria del pobre resentido que ya no sabe de qué echar mano para lucir su hedionda minusvalía moral, yo solo te digo, pequeña flor, que lamento no haber sido un super héroe de verdad, y haberte salvado en ese segundo en que tu excitación alegre e inocente se tornó en la gélida y macabra sonrisa de tu muerte. Yo te hubiese salvado, pero soy un ser impostádamente ficticio, con el pespunte de la capa cosido al revés.
Hic omnia tibi dabo. Y yo no te di nada.
Y hoy el templo expiatorio luce con un destello triste. Y por siempre más, cuando yo lo mire, me llegará el eco de tu risa quinceañera, esa promesa truncada definitivamente.
Y la Torre Foster, impávida, sigue también hoy, marcando el compás en la noche.
Y los infames que viven de su propio veneno, seguirán tomando gin-tónics y sudando cinismo por cada uno de los poros de su piel.
martes, 3 de agosto de 2010
Pequeñeces
El listo que se ve cada vez mas guapo en su autoretrato.
El que se olvidó las gafas de lejos y aún no se ha dado ni cuenta.
El iluso que, cargado de buena fe, aún cree que va a cambiar el curso de los oleajes y las mareas por la simple añadidura de su esforzada gota de agua dulce en un mar oscuro y enfermo.
Pequeñeces. Las que nos hacen vivir, en función de cuál sea nuestro drama interior, nuestra historia pretérita, de nuestros deseos inconfesables y de nuestro anhelo de ser un poco queridos. Tantas son nuestras pequeñeces, mal vestidas de grandezas.
¿Y cuál es la mirada que nos merecemos? ¿La mirada amable, la del buen demiurgo que nos conoce porque nos ha parido, ese que desde su balcón cósmico sonríe sabiendo que no tenemos remedio? ¿O la del Dios Ciego, el que se irrita por nuesta necedad, y que si no nos fulmina es sencillamente porque el tiempo ya se encarga de ponernos a todos en nuestro lugar?
Juguemos, entre tanto. Juguemos, pero no al juego de creer que merecemos ganar algo. Juguemos como cuando niños, con la simple fascinación que nos provocaba la frase mágica: "¿Vale que éramos..."
