lunes, 14 de febrero de 2011

El Club de los buenistas: capítulo final

Entre Carla y yo van cayendo las barreras del contacto físico. A cada leve roce le sigue una intensa descarga de atracción, de deseo. Nos tocamos, muy civilizadamente, pero como perros en celo, de un modo cada vez más buscado y ostensible. Vernos y no tocarnos -una manita en un hombro, una carantoña en la mejilla- es ya insoportable. No es de extrañar, entonces, que hoy hayamos acabado metidos en el cuarto de las escobas. Era inevitable. Carla es menuda, y sujetándola por sus nalguitas de manzana respingona me la he subido hasta que, abierta de piernas, su pelvis ha quedado contra mi paquete. Eso sí, con los pantalones aún puestos. Me miraba, con sus ojos de esmeralda incandescente, algo temerosos, cerrándolos justo en el momento en que abría su boquita de Fantanaranja y pegaba sus labios a los míos. Empezaba a notar la dulzura de su lengua cuando han sonando dos breves y antipáticos golpes en la puerta metálica del exiguo cuartucho. La he estrechado contra mi, como un Adán protector sorprendido por Dios en el Paraíso. Sus negros tirabuzones eran, en mi rostro, una invitación al confort perpetuo, mullido como el pan caliente. En silencio, han transcurrido pocos segundos, y después otra vez los golpes.

-Anakin... -decía una  voz, desde fuera. tratando de ser discreta.

Era Alfredo, el encargado. He abierto. Con cara de circunstancias, he atendido a lo que me quisiese decir. A la fuerza ha tenido que ver a Carla, mal disimulada detrás de unas mopas, con un cubo de plástico azul vuelto del revés tapándole la cabeza.

-Anakin, tío, que os he visto. A mi me da igual, pero te advierto que hay cámaras por todas partes, no hagas el tonto, ¿vale? Tú mismo, que ya sabes cómo las gastan estos cabrones de TMB.

-Vale, vale.

Y ha cerrado.

Carla se ha quitado el cubo, y hemos mirado por los cuatro rincones del techo. Efectívamente, ahí había una cámara, pero por suerte... un paño de quitar el polvo cubría el objetivo. Alguien antes que yo habría usado ese cubículo para sus fines ocultos. Pero es bien cierto que de repente me ha entrado un ataque de prudencia. Por un euro de menos en el recuento, echaron a un conductor de autobús. Les sería fácil darme puerta, y a Carla también, alegando "uso indebido de las dependencias de la empresa".

He abierto una rendija, esperando el momento adecuado para salir. Primero yo, después Carla, o a la inversa, daba lo mismo. Pero justo en ese momento he entrevisto una figura conocida merodeando por el vestíbulo adyacente, una silueta que reconocería en cualquier rincón del mundo: andares extraviados, mirada de loco tras sus gafitas redondas. Sí, era Ian, con su tomo de "El Club de la lucha" bajo el brazo, y eso significaba algo. He vuelto a cerrar.

Un Jedi percibe cualquier perturbación en la Fuerza, y eso era justo lo que estaba sucediendo en ese instante: I got a bad feeling about this, dicen en la películas. Notaba una turbulencia intensísima que gravitaba cada vez más cerca de Carla. Y de repente lo he visto todo claro y en technicolor.

-Carla, cariño, ¿tú tienes Facebook?

-Sí, ¿por qué? ¿Pasa algo?

-¿Has agregado recientemente a un tipo llamado Ian?

-Sí, ¿por qué? parecía majo...

-Es peligroso.

-Pues vaya mierda... nunca lo hago, ya sé que hay mucho tipo sin crepúsculos por ahí suelto...

-Crepúsculos no, escrúpulos. ¿Qué pone en tu Facebook?

-Nada, lo típico, mis cosas, sentimientos, vivencias...

-¿Hablabas de mí?

-Bueno un poco... lo siento, quizás no tenía... ¿tengo que asustarme, Anakin?

-Espero que no, pero ha sido un...

-Ya, un craso favor...

-No, un flaco error... no, coño, un craso error. Bueno, da igual. Ahora saldremos de aquí, tú detrás mío, y en cuanto te diga echas a correr.

Salimos. Al vernos, Ian, montado en cólera, se acercó. En seco paró, y sacó la pistola. Tiró el libro al suelo y apuntó.

-Anakin, traidor. Te mezclas con lo insano, con la plebe enferma. No controlas tu polla bastarda. Ahora apártate, he de acabar con esa pulga insana, con ese tumorcillo social que apesta, como tú, a mentira, a mierda envuelta en lacito rosa, que es lo que soys todos. Apártate. Primero ella y luego vas tú.

Tras de mí, Carla temblaba.

-Ian, si tanta sed de limpieza tienes empieza por esos dos que te dije, el Oriol y el otro, el del piso patera. Pero olvídate de Carla, o te mataré yo a ti.

-No sufras, esos dos piojos ya lucen esquela en los periódicos. ¿Es que no lees, anakin? ¡Aparta, perro!

Total, que así nos hubiésemos tirado horas, y ya empezaba a congregarse gentío alrededor. Sabía que Ian, ciego de fanatismo -folla poco, o nada- acabaría disparando. Pensé en emular a Buffalo Bill en su más celebrado número circense, cuando con los dientes atrapaba una bala en plena trayectoria. Podría ser un buen regalo de cara al público, que al fin y al cabo pensarían que todo aquello era una performance. Pero decidí algo más clásico: desplegar el láser azul de mi light saber e interceptar el curso del proyectil. Seguramente se fundiría. Aunque bueno, la mancha de plomo líquido caería al suelo y aún la tendría que limpiar yo.

Al final, Ian disparó. Vació el cagador, entero. Repelí las balas con la espada, como está mandado, y por ello Ian se vio durante unos segundos completamente desconcertado. Después se enconó, a pecho descubierto, contra nuestra posición. Justo cuando se precipitaba sobre nosotros, volví a encender el láser. Ian quedó atravesado, fruto de su propio ímpetu. Un intenso hedor a grasa quemada impregnó el espacio, y una exclamación de horror recorrió la muchedumbre.

Me supo un poco mal. El proyecto de El Club de los Buenistas no tenía mala base, pero era absolutamente delirante en su faceta práctica. Pobre Ian, pobre fanático mesiánico. También me sabía mal porque de esas perdería definitivamente el curro. Pero bueno, ya encontraría otro. A mi no se me caen los anillos. De momento, tan solo me quedaba un pequeño autodestierro -puntual- a mi Tatooine natal. En dos segundos estaba allí, y la brigada del Cos de Mossos d'Esquadra ya recogría los restos del sarao. Ya volvería cuando todo el episodio hubiese caído en el olvido, y a fe que sería pronto. La gente es sumamente voluble y olvidadiza.

Cogí a Carla por la cintura, y en un plis nos plantamos en Taooine. Fuimos directos a la granja de humedad de mi tío Lars -bueno, era tío mío, o de mi padre... esto ya no sé si lo he vivido o lo he visto en película...

Carla y yo teníamos una bonita cuenta pendiente, un bello asunto por concluír. Nos desnudamos. La tumbé en un jergón, austero y milenario. Lamí sus pechecitos tersos y duros, lamí todos los rincones de su epitelio. Carla, flexible como un junco, salvífica como el trigo, veraz como el humus esencial, jadeaba harmoniosamente mientras la penetraba a fuego lento. Y sus jadeos se confundieron con la bella cadencia sonora que, cada atardecer, en Tattoine, toma la forma de dos soles en ocaso.

miércoles, 19 de enero de 2011

El club de los buenistas (capítulo 7: todo se complica)


Mónica, endiosada, encumbrada, aclamada, en la cresta del show business más vacío y enajenador. 
Mónica, astuta felina, cada noche me huele como esperando percibir el perfume de otra gata. No, los pensamientos no tienen aroma, pero su afinada sensorialidad detecta una turbación en mi interior.
Mónica, bestezuela territorial, quiere, ahora que domina el Macrocosmos del estrellato, dominar también el Microcosmos de mi cama. Y ya está en camino de quererse adueñar del Microcaos de mi mente, batida por fuertes oleajes de confusión, procedentes de una sístole y una diástole excesivamente contaminadas de deseo eréctil.
Mónica, muñeca frágil y celosa, niña mimada y caprichosa, se sisenta sobre mi sexo, erguida, cual diosa  que ejerce todo su  poder vencedor. Y la siento, la toco, y el Todo y la Nada se funden en todos y cada uno de los huecos que deja el exactísimo catálogo de sus curvas. 
Mónica, diabólico metrónomo, marca los tiempos exactos que debe durar mi tránsito hasta el orgasmo, una explosión de luz y vacío cuyas partículas llegan a salpicar el mismísimo rostro de Dios.
Pero algún día -quizás pronto- en pleno éxtasis me abrirá el cráneo con sus uñas y descubrirá, ahí dentro,  el cascabelito de Carla batiendo sus alas, revoloteando alrededor del corazón que ella nunca logra ganar.

Y sigo sin noticias de Ian.

Hoy ha vuelto Carla al curro. Hemos hecho brillar las baldosas de la estación, bailando el Vals de los Mochos, y los usuarios de TMB nos han dedicado un merecido aplauso.

sábado, 1 de enero de 2011

El club de los buenistas (capítulo 6: Carla)

Pasaron muchos días sin que tuviese noticias de Ian. Y me extrañaba. En algún momento pensé que quizás estuviese haciendo la guerra por su cuenta, y por eso me entretenía en buscar breves en algunos periódicos reportando algún hecho luctuoso, del tipo

Aparece muerta una infeliz dependienta de boutique de El Bulevard Rosa, muy dada a elogiar los bustos de las clientas.

Hallan sin vida el cuerpo de un celador de ambulatorio excesívamente melifluo en el trato con los usuarios del sistema de salud público

Estudiante de hostelería, rubia sin atractivo pero con pretensiones, mure con un extraña mueca de placer en la boca

Pero al cabo pensé que los periódicos no publican titulares de este tipo. No, Ian estaría hibernando, cobijando nuevas ideas. O quizás se estaba echando para atrás y no era más que un payaso más, con mucha boca y pocos guts.

Pero esta mañana me ha llamado. Me ha puesto al corriente de sus pasos recientes. Me ha dicho que se ha dedicado a elaborar una lista de personajillos de Facebook, de esos que aparecen fotografiados con copas en la mano, mostrándose en su ficticia felicidad fiestera en discotecas y otros centros de aborregamiento colectivo.
-Anakin, quien publicita su felicidad no es más que un miserable infeliz. Merece ser borrado de la faz de la sociedad.
-De acuerdo, pero, ¿Y el programa de ejecuciones?
-Ya te informaré. Nombres, sitios, caras. Llevamos retraso, Anakin, y la estupidez crece exponencialmente. Déjalo en mis manos, pero prepárate para una intervención rápida, quirúrgica.
Así hemos quedado.

Ha habido novedades en el curro. Me han nombrado Jefe de Barridos y Fregados, y, lo más sensacional... me han asignado una padawan. Una discípula, a quien debo instruír en el noble arte de la pasada y repasada de mocho. Se llama Carla, y pese a ser un retaco, tiene un cuerpecito endiabladamente explosivo, una cabellera negra y rizada y unos ojazos verdes de Sherezade mesopotámica. Es viva, graciosa, lenguaraz, descarada y tierna. La Fuerza me ha escuchado: yo pedí una Ashoka, un angel balsámico que me permitiese resarcirme del dolor por haber perdido mi tiempo con Padmé Amidala, y me ha complacido. Hay miles de Ashokas, da igual el color de sus ojos. Cierto es que el azul-piscina de la Ashoka real no lo veré nunca jamés en ningún rincón de la galaxia, pero da lo mismo.

Carla suspende en el instituto. Su padre la ha puesto a trabajar. Carla, mientras fregamos el vestíbulo de la estación, me pide que repasemos morfosintaxis. Sintagma nominal, sintagma verbal, oración pasiva refleja, subordinada adverbial. Me luzco y me hago el chulo, para impresionarla. Algo pilla, no te creas.

Carla quiere que le diga las cosa tal y como son. Le gusta que la trate como a una chica mayor, y no la sermoneo. Solo le digo lo que yo haría, recalcando que ella tiene derecho a hacerme caso o no, que es libre. Cuando se mete a fondo en sus propias reflexiones habla y habla,  se despista y me cambia el nombre. Un día hasta me llamó "mama", y nos reímos un montón.

Hoy no ha venido, y la he echado de menos. Hoy solo me ha llamado Ian, y voy a ser sincero, me ha hecho cambiar el humor. Me ha puesto de un humor extraño, oscuro, feo.

No, no creo que me enamore de Carla, pero sí creo que la querré a rabiar. Solo espero que Mónica no se entrometa.  

martes, 7 de diciembre de 2010

El club de los buenistas (capítulo 5: la primera noche)

Ian estaba en lo cierto. Ian veía la luz, la misma luz que yo. La única luz posible.

Y llegó la noche. La primera noche. La noche a cuyo término el mundo tendría un espúreo menos.  Cuando digo espúreo me refiero a uno de esos felices sin substancia, felices de incubadora y algodoncitos. Su incapacidad por salir del armario, por reconocer su miseria existencial, les iba a costar su entrada definitiva en el nicho eterno. Uno menos. Dos, quizás. Poco a poco. Ya lo dije. La obra es grande y definitiva. Otros se sumarán. Otros tomarán nuestro relevo.
Era sábado.

Cenamos en un restaurantito, por llamarle de alguna forma, de la calle Asturias. Habíamos decidido peinar, esa noche, la zona entre Asturias/Llibertat de norte a sur, Verdi/Joan Blanques de este a oeste. Allí estábamos. Tranquilos, dándole vueltas a un café solo, tocados por la locuacidad clarividente que las grandes causas infunden en sus apóstoles. Una llamita de Verdad Absoluta lucía sobre nuestras cabezas. Ian hablaba.

-Para eliminar a gente por el bien de un ideal superior la clave está ahí, en el convencimiento de que el fin justifica los medios. Eso es lo que paradójicamente nos ha transmitido este adorable sistema económico en el que nos hemos criado todos los que  ya nacimos con Internet en casa. Ridículos reductos de una moral rara a veces nos han hecho dudar de que esto sea así. Pero ahora ya no valen dudas, ¿no crees, Anakin?
-Cierto, Ian.
-Para solidificar mi convencimiento me pasé toda la noche pasada mirando y remirando videos de desfiles militares de la Unión Soviética. Con el himno de fondo. No he escuchado en mi vida himno más bello que el de la URSS. Fuerte y sentimental al mismo tiempo. Música que despierta al heroe del pueblo que todos llevamos dentro. Y el símbolo, símbolo de símbolos. Hoz, martillo y estrella sobre fondo rojo. Hubo un tiempo en que el mundo temblaba ante la sola visión de ese emblema. Solo por eso ya vale como fuente de inspiración.
-Yo hice algo parecido -dije. -Me inspiré con el Concierto para Violín número 1 de Mendelsohn. Brutal. Tensión y coraje para las almas nobles. Grandeza, pura grandeza.
-Grande, muy grande... -Ian sonrió con medio rostro, mientras sacaba de su bolsa de cuero el tomo de El Club de la Lucha que siempre le acompañaba.
-Sopésalo -me ordenó.
Lo sopesé. Pesaba algo más de la cuenta. Comprendí.
-Pesa a hierro ejecutor, Ian...
-Sí, pero no lo abras. Demasiadas miradas indiscretas. Mira esos dos de allí. O las tías de la barra. Incautas... ¿podrían ser ellas las primeras? -Ian volvió a sonreír. -Pero no, no nos vayamos a precipitar. Larguémonos de aquí. Empiezo a estar ansioso.

La noche no era fría. El barrio hormigueaba de jovenzuelos y papanatas pasados de edad que no conocían otra cultura que la del ocio intelectualoide aborregado. Entramos en varios locales: Heliogábal, Café del Teatro, Continental. víctimas potenciales por doquier. Cualquiera, al azar, hubiese valido. Pero el proceso es sagrado. Teníamos guión, hoja de ruta. Había que seguirlo y así lo hicimos. Por ello entablamos conversación con un buen número de elementos, tratando de diagnosticar, de todos, el de patología más grave. Pero surgieron variables no contempladas y la noche fue mal. Infructuosa de cabo a rabo. Lo reconozco abiertamente:  algo fallaba.

Pareciendo que iba a ser lo más fácil del mundo, al final no conseguímos diagnosticar, con claridad, ni un solo caso. Ni uno. Y eso que intenté por lo menos veinte. Quizás fue que eran todos tan parecidos, que no había forma de decir "ese" por encima del resto.

De entrada las mujeres, especialmente las que no pasaban de los treinta, se mostraban receptivas a nuestra estrategia, pero no atendían al guión que, a veces Ian, a veces yo, les íbamos marcando. Únicamente procesaban información extralingüística, calibraban datos relativos a la posibilidad de, al terminar la noche, decidir si acabarían rebolcándose con alguno de nosotros, o con los dos o con ninguno. Por ello nos hacíann hablar a nosotros, cosa que no tenía nada que ver con el guión previsto. Ian optó por callar, mientras yo intentaba dar la vuelta a la situación, y las pocas veces que lo conseguía solo lograba escuchar tonterías sobre Tal, Cual, o Pascual. Nimiedades sobre sus jefes. Es curiosa esta mezcla rara de fascinacion-repulsión que las mujeres sienten por sus jefes. Quizás porque toda mujer adora a un Hitler. Bueno, toda mujer no, solo las convencionales. En fin, todo lo que obtenía era inconsistente y volátil, nada que me permitiese llegar a un veredicto. No había manera que destapasen la carta clave de su existencia real. Encima, la ingestión de combinados hacía que lo que se parecía un poco a lo real sonase falso, y lo falso real, así que la confusión era total. Y ya cuando las conversaciones degeneraban en una sucesión de risas sin sentido lo dejábamos.

Con las mujeres que rozaban los cuarenta sucedía un poco lo mismo, solo que todo mensaje era mucho más breve, más directo, y los temas giraban más entorno a las grandezas profesionales, a los yates, a los éxitos y a las ambiciones sociales.

Con la tropa masculina no hubo forma tampoco. En manadas de entre tres y cinco, como mucho se reían en nuestra  cara. A más de uno pensé en dejarlo seco en el labavo, directamente, por pura repelencia epidérmica, por pura irritación primaria. A golpe de láser. ”A ver si te ries ahora, desgraciado”, o algo así. Les salvó que los labavos de estos antros son tan exiguos que la espada no tiene espacio para desplegar su poder en toda su lineal completud, con lo cual se generan riesgos para el ejecutor, para mi, en este caso.
 
¿Qué estaba pasando? ¿Nos cargábamos de un plumazo a todo dios, o es que los mecanismos de selección debian de ser más finos para hallar un criterio, un orden, un...?
 
Salimos a tomar aire. En la Plaza de la Virreina un altercado mezclaba a un perroflauta con el dueño de uno de los bares. A casi-hostias.
-¡Rajoy!¡Capitalista con gafitas! -vociferaba el del perro. Le habría quedado algo a deber, o yo que sé. Entre varios clientes les separaron, y el sucio se fue por na callejuela que bordeaba la iglesia.
-¡Ese! ¡Ese pringa! ¡Vayamos tras él! -dijo Ian. y lanzó a correr detrás suyo. Yo lo vi precipitado, pero no podíamos acabar la noche de vacío. Corrí. Al girar por la callejuela, Ian estaba sacando el arma de su escondrijo de papel, cuando se cruzó por delante nuestro una patrulla de Mossos d'Esquadra. Ian se cortó. Pero según se iba alejando, abordó al rastas. Me acerqué, y le vi agarándole del cuello. al cabo, le propinó un culatazo en la cara que le desplomó por completo, como una marioneta a la que han cortado todos los hilos de la cruceta. Sangraba por la nariz aparatosamente.
-¡Que asco! Olía a alcohol y a infección social profunda. No pienso malgastar una bala en una rata así. vámonos, Anakin, ya está bien por hoy.
 
Y nos largamos.
 
Todo fue muy sórdido, la primera noche. En el taxi, yo estaba confundido. En Penitents se bajo Ian, visiblemente ofuscado, contrariado.
-Eso no funciona, Anakin. Alguien de nuestro círculo, tiene que ser alguien de nuestro círculo, de quien conozcamos los pasos, la radiografía de su mente y el calibre de sus miserias. Que no nos haga perder el tiempo. Ya hablaremos.
 
Seguí hasta las cercanías de los montículos próximos a la Meridiana, donde Barcelona ya empieza a ser otra cosa. tuve dudas, no sé si sobre el fondo o sobre la forma. Debía dormir con ello, y decidir.
 
Ian no me había dado pasta para el taxi, por ello, como no me llegaba para todo el trayecto, hice parar el vehículo y seguí a pie hasta mi casa.
 
Así fue.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El club de los buenistas (capítulo 4)

Por fin llegó.
Harto estaba de anodinos peleles con historias surrealistas de buenismo mal entendido, erroneo, ilusorio.
Por fin llegó, algo desaliñado, con ese volumen bajo el brazo: "El club de la lucha".
-La has leído? -me preguntó.
-No -dije.
-Habrás visto la película -arqueó una ceja, a modo de reprobación.
-Tampoco -admití.
-Es mi biblia -sentenció.

Se llamaba Ian. Era joven, casi un chaval. Tendría no más de dieciocho. Pelo rubio, rizado, gafitas, mirada a veces perdida, a veces nerviosa, casi siempre inquietante. Jamás sonreía.
Ian vino a la entrevista, y lo que menos hizo fue responder a nada de lo que le pregunté. Parecía leerme el alma y el pensamiento, por lo que pronto pasó a exponer su plan.

-Todo pasa por la acción -parecía un líder fanático. -Acción directa, eliminación.
-¿Eliminación de qué, Ian?
-De lo espúreo, de lo insustancial.
-De "lo"... todo que que cae bajo un "lo" es conceptual, Ian. Concreta, por favor -le dije.
-No te hagas el tonto, Anakin. Sabes perfectamente a donde voy. Por eso estoy aquí. Por eso abristes la operación de reclutamiento. Para llegar a este punto. Porque tienes claro un objetivo. Yo soy el medio para ese objetivo. Y si no tienes miedo, también lo eres tú.

Sentí algo de incomodidad. Llegaba la hora de la verdad. Hasta entonces había sido cómodo achacar a la falta de personal cualificado el retraso de la puesta en marcha de la operación. Pero ya no había excusa. Finalmente había aparecido el buenista real, y se acababa así la fase contemporizadora, la fase durmiente. La fase contemplativa, teorizante y acomodada.

-Desde el mismo momento en que leí tu anuncio supe de qué se trataba, supe cual era el fin. Hace tiempo que esperaba poder asociarme con alguien para llevar a cabo la operación necesaria que finalmente lleve a la implantación definitiva de la felicidad a escala global. Pero nuestra labor será germinal, Anakin. Seremos la semilla de un gigantesco proyecto, necesario, inaplazable, del que quizás nunca lleguemos a ver su triunfo final. Pero es nuestra obligación darle inicio, y puesto que no estamos equivocados, otros nos seguirán. Y bien acaba lo que bien empieza, así que no debemos flaquear de inicio. Confio en ti, Anakin.

Le miré. Parecía absolutamente resuelto a poner todo su esfuerzo en pro de ese fin. Ian tenía carisma, aura de líder, una especie de fuerza interior que según como aterraba, y según como fascinaba.

-Anakin, -prosiguió- para implantar el bien hay que actuar desde un cierto mal, y tú lo sabes. Al bien no se llega por el bien. Todo lo contrario. La práxis del bien provoca la consolidación de la debilidad, del parasitismo y de la abulia. Aunque bueno, ese es el panorama que pretendemos corregir. El mal, espero que me entiendas, ya se ha extendido como una invisible capa de aceite. Eso sí, un aceite perfumadamente narcotizante, como un cáncer de inautenticidad que ha acabado por pudrirlo todo. Ya no hay cura a menos que pasemos a la única opción posible, como te decía: la eliminación.

Sabía de qué me hablaba, y algo parecido a un leve escalofrío transitaba por mi espinazo. Era como si Ian me estuviese situando por momentos en otro plano de realidad. Quise cerciorarme de que realmente estaba entendiéndole, por lo que intenté por segunda vez que fuese más explícito.

-Ian, como te decía no puedes eliminar lo malo, en abstracto.
-No. La única forma de eliminar lo malo es eliminando a los portadores del mal.
-Cierto -dije.
-La única forma de conseguir una faz terrestre poblada de felicidad pasa por eliminar al infeliz, en toda su extensa y variada diversidad. Y al infeliz, especialmente, que basa su falsa felicidad en conceptos subvertidos. Al infeliz que se niega a reconocer su profunda innecesariedad en este mundo, disfrazándola de mil justificaciones y excusas mal verbalizadas. Al que no hunde su existencia en la honda y terrible vacuidad del ser, no puede llamársele ni feliz ni bueno. A ese o a esa, hay que eliminarlo. Al débil, al incauto, al que siempre ha sido pasto del engaño, al que se ha tragado la hostia bendita de la falsa felicidad de nuestro tiempo. ¿Hablo claro, Anakin?
-Sí.
-Entonces, sabrás ya que habrá que matar. Y mucho.

Esa frase, esa misma, la que Francisco de Quevedo dirigió al Capitán Alatriste. Hice notar a Ian esa curiosa coincidencia, pero se mostró indiferente al comentario.
-¿Eso dijo Quevedo? No lo sabia. Aunque poco me importa. Ahora ya tan solo importa no demorar más la puesta en marcha del proyecto. Venga, saca papel y tinta. Concretemos ya.

miércoles, 6 de octubre de 2010

El club de los buenistas (capítulo 3)

Mónica, mi compañera de piso.

Mónica, cuerpo apetitoso, anatomía ondulante. Tez tersa, dientes de felina mordedora. Mónica, bonito rostro, perfecto para anuncios de esos en que una chica muerde una manzana mientras te mira diréctamente a los ojos, más allá de la pantalla. Da igual si se anuncian manzanas o bonos de telefonía móbil. Mónica, piénsalo.

Mónica, pelito corto -media melena- flequillo a la moda, baño color caoba. Pendientes de aro, sombra de ojos a lo Avril Lavigne. Mónica, para comérsela y para que te coma.

Mónica vuelve de gira. Ella le llama gira, pero en realidad no han sido más que un concatenación de actuaciones por pueblos del Aragón profundo, Cuenca, Lérida. La dejan agotada, insatisfecha, frustrada y no-artista. Mónica es artista, pero trabaja de no-artista en una orquestucha de baile.

Mónica llega de su reciente gira con su voracidad erótica por las nubes. Mónica y yo pactamos en su día una serie de encuentros corporales, a ejecutar sin compromiso ni proyección ilusoria alguna, pero en relación a esto último hoy mónica ha faltado a su palabra: después de una saludable sesión doble, con penetraciones en tendido prono y tendido supino, se ha puesto en modo emotividad frágil y ha provocado un rifi-rafe entre nosotros. Me ha inquirido sobre mis relaciones pretéritas, y le ha cabreado sobremanera el saber que durante un tiempo una conocida suya, Meritxell, la que iba para controladora aérea fue medio pareja mía. Se ha ido de la cama rebotadísima, y no me ha dejado hecho el café postcoital al que me tiene acostumbrado. Nada, que he abierto mi Moleskine y he anotado una expresión de la que me enorgullezco: "celosa retroactiva".

Bueno, un poco así es Mónica. Persona de equilibrio baladí, pero al final se le pasa todo lo concerniente a sus complicaciones y rarezas. Por eso me he quedado tan pancho y hasta he conseguido conciliar una aceptable siestecilla, que he apurado hasta cinco minutos antes de la cita de hoy.

Porque hoy, quizás no lo sapan, he recibido a mi segundo aspirante a miembro del Club de los Buenistas.

(La espada, sobre todo, que no se me extravíe)

A las seis en punto aparece Alejandro T. Un tipo con labia, treintañero, fiestero. Me cuenta su historia, para mondarse, seguramente. La resumo:

Los padres de Alejandro T., cansados de aguantar a su hijo en casa, -música a tope a horas intempestivas, aún de subidón por los efectos de la coca, monopolio del mando a distancia, parasitismo doméstico, exigencias gastronómicas, exigencias de todo tipo... pues eso, que los padres, viendo que Alejandro T. no se emancipaba decidieron emanciparle. Adquirieron unos bajos en San Adrián, y los reformaron. Todo nuevecito, diseño Ikea, pero nuevecito. No, si se ve que entre una cosa y la otra le quedó un pisito monísimo, al que se trasladó el pimpollo.

Se ve que a Alejandro T. los trabajos le duraban poco -vago, mentiroso, escaqueado, carga-muertos- pero que a base de pico y lametón siempre conseguia otro curro sin demasiada dificultad. Pero un día se hartó, justo ese día, porque ese día vio la luz. Porque Alejandro T. es, qué duda cabe, un tipo listo.

Se ve que vendió todos los muebles, e instaló camas. Entró en el negocio de la cama caliente: inmigrante que se levanta, inmigrante que se acuesta. Para rellenar los espacios vacíos puso sillas, que en una silla también se puede echar un sueño, qué coño, tantas tonterías tienen esta gente, no se podían comer un tomate, y ahora con exigencias. Total, que a Alejandro al final le salieron los números, y bien bonitos que le iban saliendo. Tan solo había un problema: allí, entre tanta variopinticidad, entre tanta respiración durmiente, entre tanta policromía humana, él no podía vivir acorde con su condición de pijín de primera generación. Así que, naturalmente, decidió volver a vivir en casa de sus padres.

-Y qué, -me decía, todo orgulloso, al término de la historia- ¿no es eso ser buena persona? ¿solidario? ¿pro-tercer mundo?

-Estoy impresionado, Alejandro -le dije yo.

-Entonces qué, paso la prueba, ¿no?

-Lo más seguro que sí. De todas formas, dejemos pasar unos días, y ya te llameremos.

-¿Cómo que ya me llamareis? -pareció muy molesto al darse cuenta de que no obtendría un "sí" inmediato.

-Pues eso, que... ya te llamaremos.

Mónica se mondaba con la historia de Alejandro, el listillo de San Adrián, cuando se la conté luego. Ya se le habían pasado todos los cabreos, y fumaba en el balcón, alegre de la vida, mientras me imploraba que le dejase asistir a las próximas entrevistas. Le dije que sí, y aún se puso más contenta.

-¿Un café, Anakin? -me dijo. - ¿O mejor después?




domingo, 12 de septiembre de 2010

El club de los buenistas (Interludio: Ashoka)

El tiempo ni se gana ni se pierde. Pero se desperdicia.

Desperdicié mi tiempo con Padmé Amidala, y no me llevó a nada, cuando el tiempo en que ignoré a Ashoka hubiese sido el tiempo que me hubiese llevado a una cierta estabilidad emocional. Pero eran tiempos de Jedis -hoy ya no- y teníamos otros menesteres que juzgábamos más importantes: ser fieles a un mandato supremo, combatir y fortalecer nuestra idea de lo que tenía que ser el Universo y de lo que teníamos que ser nosotros mismos. No, no había tiempo ni para amores pequeños, aunque verdaderos.

Cuando pienso en ti, Ashoka, me atenaza el pellizco del vacio en mi estómago, un retorcimiento de arrepentida culpabilidad. Pero por puro egoismo, y me lamento por mi casi tan igual que por ti.

No sé si vives aún, Ashoka. Dicen malas lenguas que diste tu vida como una heroína de las de verdad, pero hay confusión respecto a en qué batalla caístes.

Desde donde estés, Ashoka, envíame un angelito que sea como tu. Envíamela al vestíbulo de Singerlín, aunque sea con bata y fregona, y pañuelo en la cabeza. Envíame lo pequeño, que de grandezas ya estoy harto, cansado y decepcionado.