lunes, 14 de febrero de 2011
El Club de los buenistas: capítulo final
miércoles, 19 de enero de 2011
El club de los buenistas (capítulo 7: todo se complica)
sábado, 1 de enero de 2011
El club de los buenistas (capítulo 6: Carla)
Ha habido novedades en el curro. Me han nombrado Jefe de Barridos y Fregados, y, lo más sensacional... me han asignado una padawan. Una discípula, a quien debo instruír en el noble arte de la pasada y repasada de mocho. Se llama Carla, y pese a ser un retaco, tiene un cuerpecito endiabladamente explosivo, una cabellera negra y rizada y unos ojazos verdes de Sherezade mesopotámica. Es viva, graciosa, lenguaraz, descarada y tierna. La Fuerza me ha escuchado: yo pedí una Ashoka, un angel balsámico que me permitiese resarcirme del dolor por haber perdido mi tiempo con Padmé Amidala, y me ha complacido. Hay miles de Ashokas, da igual el color de sus ojos. Cierto es que el azul-piscina de la Ashoka real no lo veré nunca jamés en ningún rincón de la galaxia, pero da lo mismo.
martes, 7 de diciembre de 2010
El club de los buenistas (capítulo 5: la primera noche)
Con las mujeres que rozaban los cuarenta sucedía un poco lo mismo, solo que todo mensaje era mucho más breve, más directo, y los temas giraban más entorno a las grandezas profesionales, a los yates, a los éxitos y a las ambiciones sociales.
Con la tropa masculina no hubo forma tampoco. En manadas de entre tres y cinco, como mucho se reían en nuestra cara. A más de uno pensé en dejarlo seco en el labavo, directamente, por pura repelencia epidérmica, por pura irritación primaria. A golpe de láser. ”A ver si te ries ahora, desgraciado”, o algo así. Les salvó que los labavos de estos antros son tan exiguos que la espada no tiene espacio para desplegar su poder en toda su lineal completud, con lo cual se generan riesgos para el ejecutor, para mi, en este caso.
sábado, 20 de noviembre de 2010
El club de los buenistas (capítulo 4)
miércoles, 6 de octubre de 2010
El club de los buenistas (capítulo 3)
Mónica, cuerpo apetitoso, anatomía ondulante. Tez tersa, dientes de felina mordedora. Mónica, bonito rostro, perfecto para anuncios de esos en que una chica muerde una manzana mientras te mira diréctamente a los ojos, más allá de la pantalla. Da igual si se anuncian manzanas o bonos de telefonía móbil. Mónica, piénsalo.
Mónica, pelito corto -media melena- flequillo a la moda, baño color caoba. Pendientes de aro, sombra de ojos a lo Avril Lavigne. Mónica, para comérsela y para que te coma.
Mónica vuelve de gira. Ella le llama gira, pero en realidad no han sido más que un concatenación de actuaciones por pueblos del Aragón profundo, Cuenca, Lérida. La dejan agotada, insatisfecha, frustrada y no-artista. Mónica es artista, pero trabaja de no-artista en una orquestucha de baile.
Mónica llega de su reciente gira con su voracidad erótica por las nubes. Mónica y yo pactamos en su día una serie de encuentros corporales, a ejecutar sin compromiso ni proyección ilusoria alguna, pero en relación a esto último hoy mónica ha faltado a su palabra: después de una saludable sesión doble, con penetraciones en tendido prono y tendido supino, se ha puesto en modo emotividad frágil y ha provocado un rifi-rafe entre nosotros. Me ha inquirido sobre mis relaciones pretéritas, y le ha cabreado sobremanera el saber que durante un tiempo una conocida suya, Meritxell, la que iba para controladora aérea fue medio pareja mía. Se ha ido de la cama rebotadísima, y no me ha dejado hecho el café postcoital al que me tiene acostumbrado. Nada, que he abierto mi Moleskine y he anotado una expresión de la que me enorgullezco: "celosa retroactiva".
Bueno, un poco así es Mónica. Persona de equilibrio baladí, pero al final se le pasa todo lo concerniente a sus complicaciones y rarezas. Por eso me he quedado tan pancho y hasta he conseguido conciliar una aceptable siestecilla, que he apurado hasta cinco minutos antes de la cita de hoy.
Porque hoy, quizás no lo sapan, he recibido a mi segundo aspirante a miembro del Club de los Buenistas.
(La espada, sobre todo, que no se me extravíe)
A las seis en punto aparece Alejandro T. Un tipo con labia, treintañero, fiestero. Me cuenta su historia, para mondarse, seguramente. La resumo:
Los padres de Alejandro T., cansados de aguantar a su hijo en casa, -música a tope a horas intempestivas, aún de subidón por los efectos de la coca, monopolio del mando a distancia, parasitismo doméstico, exigencias gastronómicas, exigencias de todo tipo... pues eso, que los padres, viendo que Alejandro T. no se emancipaba decidieron emanciparle. Adquirieron unos bajos en San Adrián, y los reformaron. Todo nuevecito, diseño Ikea, pero nuevecito. No, si se ve que entre una cosa y la otra le quedó un pisito monísimo, al que se trasladó el pimpollo.
Se ve que a Alejandro T. los trabajos le duraban poco -vago, mentiroso, escaqueado, carga-muertos- pero que a base de pico y lametón siempre conseguia otro curro sin demasiada dificultad. Pero un día se hartó, justo ese día, porque ese día vio la luz. Porque Alejandro T. es, qué duda cabe, un tipo listo.
Se ve que vendió todos los muebles, e instaló camas. Entró en el negocio de la cama caliente: inmigrante que se levanta, inmigrante que se acuesta. Para rellenar los espacios vacíos puso sillas, que en una silla también se puede echar un sueño, qué coño, tantas tonterías tienen esta gente, no se podían comer un tomate, y ahora con exigencias. Total, que a Alejandro al final le salieron los números, y bien bonitos que le iban saliendo. Tan solo había un problema: allí, entre tanta variopinticidad, entre tanta respiración durmiente, entre tanta policromía humana, él no podía vivir acorde con su condición de pijín de primera generación. Así que, naturalmente, decidió volver a vivir en casa de sus padres.
-Y qué, -me decía, todo orgulloso, al término de la historia- ¿no es eso ser buena persona? ¿solidario? ¿pro-tercer mundo?
-Estoy impresionado, Alejandro -le dije yo.
-Entonces qué, paso la prueba, ¿no?
-Lo más seguro que sí. De todas formas, dejemos pasar unos días, y ya te llameremos.
-¿Cómo que ya me llamareis? -pareció muy molesto al darse cuenta de que no obtendría un "sí" inmediato.
-Pues eso, que... ya te llamaremos.
Mónica se mondaba con la historia de Alejandro, el listillo de San Adrián, cuando se la conté luego. Ya se le habían pasado todos los cabreos, y fumaba en el balcón, alegre de la vida, mientras me imploraba que le dejase asistir a las próximas entrevistas. Le dije que sí, y aún se puso más contenta.
-¿Un café, Anakin? -me dijo. - ¿O mejor después?
domingo, 12 de septiembre de 2010
El club de los buenistas (Interludio: Ashoka)
Desperdicié mi tiempo con Padmé Amidala, y no me llevó a nada, cuando el tiempo en que ignoré a Ashoka hubiese sido el tiempo que me hubiese llevado a una cierta estabilidad emocional. Pero eran tiempos de Jedis -hoy ya no- y teníamos otros menesteres que juzgábamos más importantes: ser fieles a un mandato supremo, combatir y fortalecer nuestra idea de lo que tenía que ser el Universo y de lo que teníamos que ser nosotros mismos. No, no había tiempo ni para amores pequeños, aunque verdaderos.
Cuando pienso en ti, Ashoka, me atenaza el pellizco del vacio en mi estómago, un retorcimiento de arrepentida culpabilidad. Pero por puro egoismo, y me lamento por mi casi tan igual que por ti.
Desde donde estés, Ashoka, envíame un angelito que sea como tu. Envíamela al vestíbulo de Singerlín, aunque sea con bata y fregona, y pañuelo en la cabeza. Envíame lo pequeño, que de grandezas ya estoy harto, cansado y decepcionado.

